El siguiente relato está inspirado en hechos reales.

 

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Me llamo Rosario, tengo 42 años y vivo en Torrejón de Ardoz (Madrid).

 

Supongo que, como todas las madres, me preocupo por mis hijos. Pero desde hace unos meses, mi preocupación es máxima por mi hijo mayor, Fernando. Reconozco que debido a esto, llevo una temporada que no puedo dormir bien… es un tema que me preocupa mucho y no he sabido hasta hace poco cómo solucionarlo, te voy a contar la historia a continuación.

 

Mi niño tiene ya 16 años, se encuentra en plena adolescencia. Si eres madre, te habrá pasado igual que a mí, seguramente el tiempo con tu hijo/a se te habrá pasado volando… Aún recuerdo las ansias por verle nacer, la ilusión de amamantarle, la alegría que me daba cuando balbuceaba “Mamá” por primera vez… También me aparecen recuerdos de cómo poco a poco empezó a comer, a dar sus primeros pasitos, a elaborar sus primeras frases, a crecer por momentos…

 

Es hace unos años cuando comienzan los primeros problemas, cuando mi hijo pasa del colegio al instituto. Reconozco que mi marido Luis y yo trabajamos mucho. En parte, siento que soy la culpable, lo que hace que me ponga aún más nerviosa. Espero que no sea así, pero el hecho de ver cómo cada día su cuerpecito se va haciendo más y más pequeño hace que me ponga muy nerviosa.

 

“Necesitamos ayuda”, me repetía a mí misma cada noche, “necesito que alguien comprenda la situación que estamos viviendo y que puedan ayudar a mi hijo”.

 

Él era un chico normal, un adolescente como otro cualquiera. Yo le veía feliz, tenía muchos amigos, solía quedar mucho con ellos, celebraba sus cumpleaños en el Parque Europa y se llevaba muy bien con todo el mundo. Además, estando en familia siempre ha sido un chico muy bueno.

 

Hace unos meses, llegué de trabajar mucho antes a casa, le vi aparecer por la entrada y se fue directo al baño. Él no era consciente de que yo estaba allí. Dejó la puerta abierta. Fui a saludarle y mi sorpresa fue máxima, le encontré sudando mucho y pesándose en la báscula.

 

  • “Hijo, qué te pasa cariño”- le dije.

  • “Joder, mamá, qué susto me has dado, no sabía que estabas aquí. Nada no hago nada, déjame en paz”- me contestó.

 

Al preguntarle sobre el sudor, me dijo que estaba yendo al gimnasio, que ya no quería ser “el gordito de siempre”, que quería cambiar.

 

Es entonces cuando le dije que dejase de decir tonterías, incluso le amenacé y le dije que ni se le ocurriese seguir así, incluso le llegué a decir que dejase de comportarse como un estúpido… Creo que me pasé mucho, pero el miedo me hizo reaccionar así.

 

A partir de entonces, noté cómo mi chico dejaba de comer como habitualmente, de tomar ciertos alimentos, incluso llegué a encontrarle debajo de su cama varias cajas de laxantes… Y yo no sabía qué hacer, no sabía de qué manera actuar. Cuanto más intentaba que comiese, menos comía, cuanto más le exigía, menos hacía caso, cuanto más discutíamos, más se agravaba el problema

 

También veía cómo tendía a mirarse repetidamente a los espejos, incluso le veía midiéndose el contorno de sus brazos, piernas y estómago, o cambiándose repetidamente de ropa comprobando su apariencia.

 

Mi Fernandito ya no era igual, y no sólo se le notaba en su aspecto físico (pues en un par de meses ya había perdido más de 15 kg), sino que su forma de ser  había cambiado, incluso algunos de sus amigos me comentaban que le notaban distinto.

 

De hecho, fue uno de sus mejores amigos el que nos comentó, delante de él, que necesitaba ayuda, que se le estaba yendo de las manos, que vio cómo en varias ocasiones, haciendo educación física, sufría constantes mareos e incluso en una ocasión llegó a perder el conocimiento. Creo que el hecho de que Fernando escuchase esas palabras en la boca de su mejor amigo le hizo reaccionar, y tuvimos una conversación profunda en la que hablamos sobre su problema. Él se dio cuenta de que realmente era así, quería buscar una solución para el malestar y ansiedad que sentía.

 

Debido a que yo trabajo en el Hospital de Torrejón, un buen compañero y amigo mío nos recomendó a un profesional de la Psicología de la zona, alguien que nos pudiese ayudar.

 

Hoy por hoy seguimos en la lucha, pero Fernando está volviendo a ser la persona que era, le están ayudando mucho a superar este problema, a verse mejor consigo mismo, en definitiva, a volver a mostrar esa sonrisa perdida. Además, nosotros ya sabemos de qué forma actuar con él, cómo tratarle, cómo podemos ayudarle de la mejor manera posible, sin juzgarle y sin hacerle sentir aún peor de cómo se siente.

 

Si tú te encuentras en esta misma situación o una similar, ahora soy yo la que te recomienda que pidas ayuda psicológica. En numerosas ocasiones, existen situaciones que no se solucionan por sí solas y necesitamos que nos ayuden, y un buen profesional está capacitado para ayudarnos en esos momentos.

 

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-Para leer el relato anterior, pulsa aquí

 

Abril 2020

Émora Psicólogos en Torrejón, para Jóvenes, Adultos y Familias.

Paseo de la Convivencia, 3, 28850 – Torrejón de Ardoz, Madrid.

Teléfono: 91 495 62 82 / 672 79 94 03

 

 

- Escrito por Alicia Jiménez, Psicóloga del Equipo de Émora.

 


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