El siguiente relato está inspirado en hechos reales.

 

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Buenas a tod@s, mi nombre es Laura, tengo 32 años y soy de Barcelona. Toda mi vida me he criado aquí, antes vivía con mis padres cerca del Tibidabo, y hace unos pocos años que estoy independizada en la zona de Sarrià-Pedralbes.

 

Siempre he tenido vocación por los niños, por eso me decanté por estudiar durante años para llegar a ser una buena profesora. Comencé muy ilusionada a trabajar en el colegio Sagrat Cor de Sarrià, pero enseguida las cosas se empezaron a torcer, y no fue precisamente por el trabajo como tal, pues allí me encontraba muy a gusto.

 

Debido a que mi pareja y yo nos queríamos independizar de la casa de nuestros padres, nos planteamos que quizás era un buen momento para comprar un piso. Encontramos uno muy bonito muy cerca del metro Reina Elisenda, lo cual me parecía muy importante para poder desplazarme en cualquier momento, pues no disponía de coche. Además, era una zona tranquila y muy cercana al cole donde trabajaba y a la zona donde residen mis padres.

 

Estuvimos juntos varios meses con momentos agridulces, pero la convivencia fue muy difícil, aparecieron varios problemas bastante turbios que hicieron que no aguantásemos más y decidimos terminar con la relación. Ahora pienso que quizás la decisión que tomamos de irnos a vivir juntos fue un poco precipitada, tampoco llevábamos mucho tiempo de relación, fue un riesgo que tomamos y no salió bien… Tras haber hablado sobre todo ello, acordamos que yo me quedaría con la casa y le pagaría la mitad, pues era una casa que me gustaba mucho y que se adaptaba perfectamente a mi modo de vida.

 

Como ves, fue una época en la que sufrí numerosos cambios a lo largo del tiempo: nuevo trabajo, cambio de vivienda, nueva convivencia, ruptura, cambio de hábitos, sola en la casa… Sinceramente pensé que era un bache que podría superar, pero se avecinaba una tormenta.

 

Desde muy pequeña, había tenido problemas relacionados con mi piel: muy tirante y seca, con tendencia a dermatitis atópica, psoriasis… En definitiva, me tiraba todo el día con cremas, para mí siempre ha sido agotador. Pero es cierto que los corticoides que me recetaban me solían calmar y hacían que el problema no fuese a más.

 

Esta vez, la cosa fue distinta. Los picores ya no sólo estaban en las piernas y brazos, sino que aparecieron en el dorso de las manos. Era un picor que no podía aguantar, me causaba muchísima ansiedad.

 

Cada cosa que tocaba me alteraba y hacía que me picase más, y yo no podía controlar la comezón. No podía cocinar (algo que me apasiona) porque los ingredientes me tocaban en la mano y me escocía y picaba mucho; por las noches las sábanas me rozaban y hacían que me despertase con un picor muy fuerte, lo que me provocaba que no durmiese bien; incluso en clase con los niños había ocasiones en las que desesperaba por el picor que me generaba el tocar una simple tiza…

 

Mis padres estaban muy preocupados, y me intentaban ayudar en todo lo que podían. Sabían que estaba pasando por una situación complicada e incluso me propusieron que volviera a casa con ellos. Pero yo quería superar este problema físico (o eso me pensé en un principio), por lo que contacté con numerosos profesionales médicos.

 

Tras mucho tiempo acudiendo a distintas consultas, normalmente el tratamiento consistía en nuevos corticoides para tratar mi piel. Siempre tenía la esperanza de que al fin encontraría una solución para calmar ese picor.

 

Probé con muchas cremas y con tratamientos farmacológicos, pero aquello no mejoraba. Estaba desesperada, no sabía qué podía hacer para solucionarlo.

 

Incluso algunas cremas que me echaba hacían que me picase más, me rascaba y mis manos empeoraban. Era una especie de círculo vicioso.

 

Y es que, además del picor y de las numerosas heridas que me hacía al rascarme, también me afectaba bastante a la autoestima. Ya no me pintaba las uñas para que los demás no se fijasen en mis manos llenas de heridas, escondía las manos en mis bolsillos siempre que podía por el miedo al qué dirán. En definitiva, era un problema que me afectaba mucho más de lo que me pensaba en mi vida…

 

Un día, con la angustia de no saber qué hacer, empecé a explorar por internet y encontré a otros casos que habían sufrido “problemas psicosomáticos”. Empecé a reflexionar y me di cuenta de que, los momentos en los que más sentía estrés, era cuando peor tenía las manos y me picaban más. Esto hacía que me rascase mucho, en cierta manera me bajaba la ansiedad, pero las manos empeoraban y de nuevo picaban más. Fue entonces cuando me pregunté:

 

¿Y si este problema físico está causado por un problema psicológico? ¿Es posible que debido al estrés y a la ansiedad que siento mi cuerpo envíe señales de picor para rascarme y aliviar ese malestar? ¿Y si aprendo a rebajar mi ansiedad de otra manera? ¿Seré capaz de controlar esa sensación de picor?

 

Una vez que me planteé estas cuestiones, decidí ir a terapia psicológica a la zona de Sant Gervasi-Galvany (cerca de Les Tres Torres), y me di cuenta de que estaba en lo cierto: lo psicológico afecta a lo físico… Desde aquí, doy gracias a los psicólogos y psicólogas del centro por haberme ayudado tanto con mi problema, y animo a que, si tú estás pasando por algo similar, acudas a un buen psicólogo.

 

Un saludo, Laura.

 

 

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- Para leer el relato anterior, pulsa aquí

 

Abril 2020

Émora Psicólogos en Sarrià-Sant Gervasi, les Tres Torres, para Jóvenes, Adultos y Familias.

Carrer del Rosari, 14 – 08017 Barcelona.

Teléfono: 672 79 94 03

 

 

- Escrito por Alicia Jiménez, Psicóloga del Equipo de Émora.

 


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