El siguiente relato está inspirado en hechos reales.

 

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Hola buenas, soy Gema, tengo 33 años y vivo cerca del Centro Comercial Plenilunio, en el barrio de Rejas-Ciudad Pegaso.

 

Que viva tan cerca de este Centro Comercial no es casualidad. Con la ayuda de mis padres y suegros, mi pareja y yo nos compramos un pisito hace un par de años en esta zona. La verdad que fue capricho mío, siempre he estado empeñada en que quería vivir cerca de un centro comercial grande para poder ir a comprar en cualquier momento.

 

Pero os debo contar que ese capricho me ha salido bastante caro, tanto económica como personalmente. Al principio me negaba a admitir que tenía un problema, pero ahora lo veo claro, y me está ayudando mucho una psicóloga para que poco a poco salga de esta situación. No está siendo fácil, pero sin su ayuda creo que no podría haber conseguido ni la mitad de lo que ya he logrado.

 

Os voy a contar un poco sobre mí. Siempre he sido una chica muy extrovertida, me encanta estar con mi familia y amigos, viajar por todo el mundo y por supuesto, comprar.

 

Admito que ir de compras me genera una satisfacción enorme, tanto que llegué a considerar que comprar era sinónimo de felicidad. Cada vez que alguien de mi entorno se daba cuenta de mi problema, yo les contestaba: “me lo he comprado porque lo necesito”, “bueno, me lo merezco por haber trabajado tanto…” Sinceramente, me he dado cuenta de que cuanto más me encuentro desbordada por trabajo, más me aparecen esas ganas irremediables por ir a comprar. Y ahora sé, gracias a la ayuda de mi psicóloga, que esa necesidad tan desmedida es en parte para regular mi estado emocional.

 

Por ponerte un ejemplo, cuando me han invitado a alguna boda, me he llegado a comprar 12 vestidos, y muchos aún siguen en el armario con su etiqueta. Ahora echo la vista atrás y pienso en que mi problema nacía de una inseguridad tremenda. Siempre he tenido mi autoestima por los suelos, he estado acomplejada por mi cuerpo, y el hecho de comprar varios “modelitos” hacía que fuese más probable que alguno me quedase bien. Por otro lado, puesto que la mayoría de las veces me iba de compras yo sola (incluso a escondidas) para evitar que los demás me lo reprochasen, me sentía muy indecisa a la hora de decidir qué prenda escoger, no sabía cuál me quedaba mejor y al final me acababa llevando todos.

 

Porque, ¿qué problema hay?: puedo comprarlo con mucha facilidad con tarjeta de crédito, si luego me arrepiento (que seguro pasará) puedo descambiarlo en cualquier momento… Además, cuando llegue a casa no habrá nadie, lo esconderé rápidamente en uno de los armarios para que no lo vean, y ya está… todo controlado.

 

Ahora comprendo que ese círculo vicioso mantenía mi problema. Primero se manifestaba como una necesidad tremenda de comprar, cuando compraba me llenaba de satisfacción, más tarde aparecía la culpabilidad, pero la solución era devolverlo, por lo que el impulso de comprar se mantenía, y eso hacía que no solucionase el problema de ninguna manera…

 

Pero la cosa se torció aún más. En el último Black Friday, y puesto que las ofertas eran temporales, empecé a sentir muchísima ansiedad por querer comprarme “todo lo que necesitaba”. Estaba en continua búsqueda, y como existen tantas facilidades (sobre todo en internet), lo terminaba encontrando. Incluso cuando no lo buscaba me bombardeaban mensajes de anuncios del tipo “últimas horas”, “date prisa, no te quedes sin ello”, “el pantalón que resalta todas las figuras”, “el accesorio que necesitas para estas Navidades…”

 

A escondidas, me tiré hasta las 4 de la mañana buscando nuevas cosas para comprarme, hasta que dejé mi cuenta en números rojos. Al día siguiente, al darme cuenta, no hice otra cosa que pedir dinero a mis padres…

 

Mi pareja, al percatarse de todo esto, hizo que abriese realmente los ojos. Aún recuerdo esas palabras que salieron por su boca:

 

- “Cariño, esto se te ha ido de las manos, tienes un problema. Saldremos de esta, y yo estaré a tu lado en cada momento para ayudarte. Todo irá bien, pediremos ayuda a un profesional

 

- Me negué y le dije: “no tienes ni idea de nada, no necesito ninguna ayuda

 

- Insistió, sin juzgarme, sin herirme, fue al armario, empezó a contar la cantidad de ropa que tenía con etiquetas y me pidió por favor que recapacitase.

 

- Me di cuenta de que realmente tenía razón, mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas y le pedí perdón. “Gracias por estar a mi lado, gracias por ayudarme

 

 

Recordar esta situación me emociona, y me recuerda que, en muchas ocasiones necesitamos ayuda, que al principio cuesta reconocer que se tiene un problema, pero es importante darse cuenta de la situación en la que nos encontramos y buscar un cambio

 

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 – Para leer el relato anterior, pulsa aquí.

 

Abril 2020

Émora Psicólogos en Plenilunio, Rejas, Canillejas para Jóvenes, Adultos y Familias

Calle Aramayona, 3 – 28022 Madrid

Teléfono: 91 495 62 82 / 672 79 94 03  

 

 

- Escrito por Alicia Jiménez, Psicóloga del Equipo de Émora.

 

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