El siguiente relato está inspirado en hechos reales.

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Me llamo María, tengo 29 años y una vez me enamoré de un chico que parecía sacado de un cuento. Mi príncipe, como yo lo llamaba, era cuatro años mayor que yo. Estudiaba derecho en Barcelona y me parecía la persona más inteligente que había conocido. Yo tenía 19 años y quería ser profesora. Desde pequeña jugaba con los muñecos de mi hermano, representando escenas del colegio. Mi abuela solía decir: “Esta niña no está bien, sale de la escuela y se pone a jugar a La Profe“. Terminé mis estudios. Aprobé las oposiciones y me dirigí con paso firme a mi soñado futuro. Iba a ser La Profe en Madrid. Tuve una conversación sobre la decisión más importante que jamás había tomado. Entonces supe que el príncipe sólo pensaba en su castillo. Y sólo pensaba en mí como parte del mismo. Desencantada, hice las maletas y marché.

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A los pocos meses llegó un chico de Valencia para trabajar de profesor. Desde el primer momento me sentí atraída por su simpatía y su forma de pensar. A menudo perdía el hilo en las reuniones. Su voz se posaba suavemente sobre mí. Él no hablaba demasiado. Parecía prudente. Pero cuando lo hacía, sus palabras tenían un sentido especial. Yo no quería más príncipes ni más castillos. Sin embargo, como si de una fresca brisa de verano se tratase, él consiguió apartar de mi cabeza aquellos miedos, ventilando las habitaciones de mi memoria para dejar hueco a sus ilusiones. Y así, subida en esa brisa, pasó un año. Un año junto a él.

El día 25 de diciembre acompañé a mi familia a la estación. Volvían a Barcelona después de pasar una Nochebuena madrileña junto a mí. Aquella mañana estaba muy contenta. Conté a mis padres lo bien que me iba en el colegio. Y también les hablé de él. Ellos me vieron sonreír. Fue fantástico. Estaba decidida a seguir adelante, pensaba en pasar más tiempo con él. Vivir juntos. Eso es lo que me pedía el cuerpo. Sentía confianza. No era consciente aún de la tormenta que se me venía encima aquel día de Navidad.

No pasó ni un minuto desde que entré en casa cuando, de repente, sonó el timbre. Enseguida me di cuenta. Mateo y sus sorpresas. ¡Siempre lo conseguía! Emocionada, corrí a abrir. Inexplicablemente, una sombra gélida se coló mientras tiraba de la puerta. No podía creerlo. Estaba allí. Frente a mí. Después de tanto tiempo. El puto príncipe. Parecía haber perdido su corona, su caballo y su castillo. Ahí parado junto a mi puerta, con una mochila.

Nos sentamos en el sofá. Callados. Una amiga de Barcelona le había dado mi dirección. Nunca había dejado de pensar en mí. Sin saber muy bien por qué, ni para qué, decidió venir a verme. Me habló del tiempo pasado. Me miró como solía hacerlo. Como yo había olvidado. Y, sin saber cómo, hizo que las habitaciones ya ventiladas de mi cabeza retrocedieran en el tiempo y se embriagasen con aromas de otra época. Le propuse salir a dar un paseo y continuar la conversación fuera de allí.

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Pasaron dos horas de preguntas. Dos horas de recuerdos. Durante aquel tiempo Mateo estaba en mi pensamiento como quien se sienta pacientemente a esperar en la consulta del dentista. Al entrar ya sabes que te dolerá, pero no puedes marcharte. Yo notaba que Mateo estaba allí, pero no hacía otra cosa que volar sobre el castillo derruido del visitante. Rememoraba mi vida pasada junto a él. Me dolía y me gustaba. Y me dolía aún más que de alguna forma pudiera gustarme. Sin darme cuenta, estábamos más cerca. Me susurraba al oído. Y nos besamos. Entonces Mateo entró en mi cabeza pegando un portazo y recobré el sentido de la realidad. Me aparté. Nunca tuve una determinación tan clara como aquella. Aunque aún sentía algo por mi pasado, el deseo de vivir el presente era cien veces más fuerte. Madrid. Mi colegio. Mateo.

Quise despedirme rápidamente. Su mochila estaba en mi casa. Entramos en el ascensor. Yo no le miraba. En un último intento, tomó mi mano. La puerta se abrió. Allí estaba Mateo. Era real. Casi me desmayo. Me convertí en una parte más de aquel ascensor, sujeta por una mano del pasado que me asía en el momento más terrible. Quise hablar con Mateo en cuanto salió de allí. Pero también estaban mis recuerdos. El beso. Quería contárselo. Explicárselo. Deseaba que él sintiese lo que yo estaba viviendo. Esta ansiedad que parece haberse pegado a mis huesos. Apenas he dormido desde ese día. No sé cómo he pasado de la absoluta plenitud a este sentimiento de impotencia. Estoy desesperada. Sólo quiero hablar con él, pero no sé cómo hacerlo.

El 8 de enero volveremos al colegio. Allí estará él. Y no tengo ni la más remota idea de lo que pasará. Por favor, ayúdenme, ¿qué hago? ¿¡Qué puedo hacer!?

 

Enero de 2019,

Émora Psicólogos

 

Avenida de la Constitución, 85 – Portal 6, 1º-1,  28823, Coslada, Madrid. Tlf.: 914956282 / 672799403

Segunda Parte: He engañado a mi novio el día de Navidad
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