El siguiente relato está inspirado en hechos reales.

Mi hijo: ¿caso perdido?

Me despierto a las 5 de la madrugada.

Me despierto a las cinco de la madrugada. No sé por qué, tardo unos segundos en orientarme. Al fin lo consigo. Soy Laura. Tengo 48 años. Vivo en Coslada. Y me acabo de despertar porque mi hijo, Raúl, está haciendo ruido por toda la casa. Me levanto de la cama y, hecha una furia, voy a decirle que pare. Aunque mi forma habitual de afrontar la pelea es preguntar: ¿se puede saber qué estás haciendo? Esto nunca me ha llevado a una solución en la conversación, me gustaría saber por qué sigue saliéndome lo mismo una y otra vez.

Al fin doy con Raúl. Es jueves, ha salido y acaba de volver. Tiene 19 años. No soy capaz de recordar desde cuándo sale por la noche. El caso es que sale todas y cada una de las noches. Parece enfadado. Abre y cierra con fuerza los armarios de la cocina, la nevera, la puerta de la despensa. Murmura algo entre dientes. Lo primero que se me pasa por la cabeza es si habrá bebido. De joven, yo también solía beber. Los viernes, al salir del trabajo. Algunos sábados también. Pero creo que Raúl dobla ya el número de veces que yo lo hice. Y sólo tiene 19 años. Sé reconocer cuándo ha bebido. Soy su madre. No tiene ninguna opción de engañarme con eso. Pero parece que hoy no es uno de esos días. Se mueve con agilidad y su mirada cambia rápidamente de lugar. Aún no se ha dado cuenta de mi presencia. Le pregunto qué está haciendo, enfadada. Me mira por un instante y aparta los ojos de mí. Sigue buscando en un armario. Sé exactamente lo que quiere. Lo que me preocupa es por qué lo quiere ahora, a las cinco de la mañana.

Le pregunto qué esta buscando.

Nada, déjame en paz.

¿Estás buscando las latas de cerveza?

¡Que me dejes en paz, que te vayas!

Quiero saber qué haces, me has despertado.

¡Dios! te estoy diciendo que me dejes, ¿vale? ¡Vete!

Mi hijo: ¿caso perdido?

Me marcho a la habitación. Su padre, mi marido, Julio, duerme profundamente. Yo no puedo dormir más. No dejo de preguntarme qué habré hecho para llegar a esto. Qué hemos hecho. De quién es la culpa. No veo solución. Por mi cabeza sólo pasan ideas drásticas. Enviarlo fuera, como en las películas. Un campamento militar o algo así. Si aún tuviera 15 años… pero se nos ha ido completamente de las manos. Ya es mayor. Ya no hay nada que hacer. No puedo dejar de pensar en ello. Me pongo a leer, pero cuatro páginas después me doy cuenta de que no he prestado atención. No me he enterado de nada. Esto me pasa con la gente también. No atiendo a mi amigas. Si alguien me está hablando, me dan unas ganas terribles de cortarle y sacar los problemas de mi casa en la conversación. Creo que la palabra que mejor puede definir lo que siento es fracaso. Es un fracaso, sí. He fracasado en la tarea de educar a mi hijo. Pero también le culpo a él. Quizá sea diferente. Quizá tenga algo. No sé el qué, pero algo debe tener. Culpo a sus amigos. A los que no le aceptaron siendo un niño y a los que sí lo hicieron en la adolescencia. También culpo a mi marido. Me agobio tanto que tengo que ponerme en pie. Empiezo a cocinar a las ocho de la mañana. Ahora sólo se escucha un espeso silencio. Las puertas están cerradas. En paz, ya puedo maldecir mi suerte. Ya puedo suspirar. Ya puedo llorar.

En la cocina, me doy cuenta del lío que ha armado Raúl. Lo ha tirado todo a mala gana. Vuelve a encenderse la furia dentro de mí. Me repito muchas veces que esto no puede ser, no se lo puedo permitir. Voy directa a su habitación. Al llegar veo la puerta cerrada. El marco medio salido, de los portazos. ¿Cuándo fue la última vez que lo arreglamos? Antes Julio solía ponerse con ese marco los domingos, pero hace tiempo que ya no lo soluciona. Cada enfado es un portazo, y cada vez que nos dirigimos a él, es un enfado. Vuelvo a la cocina negando con la cabeza. Al final nunca hacemos nada. Nunca. Me lo repito muchas veces.

Enciendo la televisión en la cocina. Recojo las cosas que Raúl ha dejado en el suelo. Pienso en lo que haré para comer. En la televisión están echando un documental sobre los guepardos. La madre ha dejado a sus cachorros escondidos entre los arbustos, mientras se dirige a cazar. Al regresar, con algo de comida, ve que unas leonas han atacado a los cachorros. La escena es terrible. Se me eriza todo el vello de la piel y, por un instante, me quedo sin aire. El estómago se me encoge. Entonces me doy cuenta de que tengo miedo. Tengo miedo de que pase algo y no tener derecho a sentir que lo intenté, que hice todo lo posible. Decidida, desbloqueo el teléfono móvil. Entro en internet y busco: “problemas hijos”. Aparecen artículos, blogs, noticias de famosos que han tenido problemas con sus hijos. Estoy harta de leer. En todo este tiempo hay dos cosas que me han dejado sin energía y han terminado de frustrarme. Una de ellas es el médico. La cantidad de veces que fuimos. La cantidad de medicación para problemas de ansiedad, atención, hiperactividad… sólo me hacían sentir más débil. El diagnóstico se basaba en nada. Y nunca fuimos capaces de explicarle a Raúl para qué eran esas pastillas. Más culpa. Estaba mintiendo a mi hijo, para solucionar algo que no sabía ni qué era, ni siquiera sabía si existía. La otra frustración es la lectura de remedios. Todo el mundo sabe qué hacer, pero nada funciona.

Mi hijo: ¿caso perdido?

Madre e Hijo

Nerviosa, trato de afinar un poco más. Vamos Google, ayúdame. Escribo: “problemas hijos profesionales”. Ahora aparecen algunas páginas de psicólogos. Nunca hemos ido a un psicólogo. Es cierto que ayudan a niños con problemas, pero son eso, niños. Mi hijo es mayor, es un caso perdido. Además, ¿qué problema tiene? Ninguno, es sólo su actitud. Pero bueno, yo no puedo dormir, él está enfadado. Siempre está enfadado. ¿Qué sé yo exactamente sobre él? ¿Y si tuviera algún problema?

No me rindo. Cambio la búsqueda: “psicólogo hijos mayores”. No me gusta lo que veo. Hablan sobre trastornos, personalidad, violencia. Veo un centro que se dedica a problemas con hijos. Ya estamos otra vez, los hijos mayores parecen ser niños de 13 años. Paso de página. Hay una que llama mi atención. Psicólogos que se dedican a los problemas en familia. Hijos adolescentes, también jóvenes. Por primera vez pincho en un enlace. Trabajan cerca de casa. Me dan ganas de coger el teléfono y llamar. Me dan ganas de despertar a mi marido. Pero pienso, ¿qué voy a decirles? ¿por dónde empiezo? ¿Por las rabietas cuando tenía siete años? ¿Por los problemas en el colegio? ¿Por las manías que tenía cuando empezó el instituto? ¿Por el disgusto cuando empezó a faltar a clase? ¿Por la forma en que nos habla desde hace años? ¿Por nuestra incapacidad para conseguir que cambie? Me agobio. Me desespero. Pero vuelve a mi cabeza la imagen de la madre guepardo. Llegar a su guarida y encontrar aquello… Miro a mi alrededor, no hay nadie. ¿Qué puedo perder? Suspiro y, decidida, marco el número. Primer tono, segundo tono, pienso qué voy a decir, es muy temprano, voy a colgar. Justamente, alguien coge el teléfono al otro lado de la línea. Pero ya no me da tiempo a rectificar y cuelgo. Reflexiono un momento. Imagino la conversación. Siento el corazón ligeramente acelerado, pero enseguida me relajo, sólo es una llamada. Sólo es una consulta. Vuelvo a llamar y alguien contesta.

No fue tan difícil. De hecho, ha sido sorprendentemente fácil. Tengo una cita para esa misma tarde. Ahora mis pensamientos están centrados en cómo se lo diré a Julio, mi marido. Quiero que sepa que voy a ir, pero no quiero que él vaya. No al menos esta primera vez. Hoy quiero que sea cosa mía. Tengo la impresión de que juntos, en este tema, nos restamos. Nos enfada, nos frustra, y no quiero que se convierta en eso. Además, siempre acabamos hablando del dinero. Tantos pensamientos sobre qué hacer con el dinero ahorrado. Tantos viajes imaginados y ninguno realizado. ¿Qué viaje en familia íbamos a hacer así? Más vale que lo invirtamos de otra manera antes de que me convierta en esa madre guepardo.

Mi hijo: ¿caso perdido?

El Psicólogo se llama Luis.

El psicólogo se llama Luis. Me explica cómo trabajan. Desde cuándo trabajan allí y por qué hacen lo que hacen. Me siento cómoda, aunque mantengo mis expectativas bajas, por si acaso. Le hablo de la madre guepardo. Le hablo de Julio y de por qué no ha venido. Y, al final, comienzo a hablarle de Raúl. Me hace preguntas sobre las que reflexiono unos segundos. También conversamos sobre mí, aunque para eso no iba preparada y consigue que me tiemble un poco la voz. Finalmente me explica cómo sería el trabajo con él. Cómo hay que analizar lo que pasa en mi casa, y para qué sirve analizarlo de ese modo. La verdad es que me convence. Es la primera vez que, al menos, creo que podré mirar las cosas desde otro punto de vista, uno más profesional, más exacto.

Al volver a casa, veo a mi hijo en el sofá, con la televisión del salón encendida. Le miro. Él me devuelve la mirada. Hay cierto aire de arrepentimiento, pero no dejo que diga nada. Le dedico una media sonrisa y me marcho. Me siento nerviosa, pero esta vez es por comenzar algo nuevo. Esta vez quiero que todo mejore de verdad.

 

 

Octubre de 2018,

Émora Psicólogos

 

Avenida de la Constitución, 85 – Portal 6, 1º-1,  28823, Coslada, Madrid. Tlf.: 914956282 / 672799403

Mi hijo: ¿caso perdido? – Un relato sobre madres, padres y familias de Coslada
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