El siguiente relato está inspirado en hechos reales.

Psicólogos en Coslada 

Estoy de pie frente a la puerta del despacho. Espero a Laura, una mujer que ha llamado por la mañana para pedir una cita. Dijo que era urgente. Por suerte, tenía una hora libre esta misma tarde. Mi estómago me hace saber de su existencia. Siento esa pizca de ansiedad habitual antes de recibir a una nueva persona. Tuve una profesora – la recuerdo muy bien – que solía hablar de lo nerviosa que se ponía cada año en su primer día de clase. Decía – esto es lo que más me gustaba –  que no concebía un inicio de curso sin esos nervios. Para ella era la señal inequívoca de que seguía enamorada de su trabajo. Recordar aquello me tranquiliza y me hace sonreír. Los mismos pensamientos pasan una y otra vez por mi cabeza. “Recíbela mostrándote amable, que se sienta segura. No debe quedar ninguna duda de que se encuentra en un lugar profesional”. Suelo repetirme, automáticamente, que la persona que viene por vez primera a nuestro despacho ha de verse envuelta en un ambiente cercano y a la vez eficiente. Si yo entrase ahora mismo por la puerta me gustaría sentirme tranquilo. Tanto por el trato respetuoso, como por la seguridad de que asisto al lugar indicado para solucionar un asunto personal.

 

Suena el timbre. Es Laura. Abro la puerta y, con gesto sereno, ofrezco mi mano. Ella la estrecha sonriendo. Como es habitual, ella parece estar más nerviosa que yo. Probablemente lleva días pensando en este momento. Para quien nunca ha sacado un problema de su casa (o incluso de su cabeza) no es fácil hacerse a la idea de tener que contárselo a un desconocido. Ignoran la sensación de profundo alivio que se siente después de hacerlo. He de decir que una primera sesión, para un psicólogo, resulta una sorprendente aventura en cada ocasión. Como mínimo hay una historia, una problemática diferente para cada persona de este mundo. Incluso más. Todos somos portadores de infinidad de historias. Por eso el primer día siempre es un descubrimiento. Una oportunidad para aprender.

 

Le indico el lugar de trabajo y nos sentamos a la mesa. Esta parte es especialmente importante. Es hora de presentar el marco dentro del cuál construiremos nuestro trabajo. Quiero que la persona que se acaba de sentar sepa, lo más exactamente posible, cómo vamos a actuar y que entienda por qué. Esto no siempre es fácil. A veces los psicólogos hablamos mucho con otros psicólogos. Después, sin querer, trasladamos nuestro método directamente a las personas, utilizando una difícil explicación de los fundamentos de nuestra profesión. Esto, paradójicamente, puede crear confusión cuando intentábamos conseguir justo lo contrario. Por eso mismo me gusta pasar por este punto de forma sencilla y transparente.

 

Laura parece entender de lo que estoy hablando. Desde que comience la exposición de su relato, el objetivo será comprender cada parte del mismo. Habrá que guardar datos para trabajar después con ellos. Analizarlos, comprobarlos. Así podríamos descubrir cómo se originó el problema. Y aún más importante: por qué se mantiene, por qué no desaparece. Como esos datos son únicos, de Laura y de nadie más, no tiene sentido trabajar con “herramientas” o “trucos” generales. Hay que adaptar unas técnicas muy estudiadas a las circunstancias personales de Laura. Y es precisamente en la profesionalidad y el cariño con el que se adapten esas técnicas a su caso concreto – junto al indispensable análisis previo – donde reside la probabilidad de éxito. 

No puedo contar el número de veces que, fuera de mi trabajo, algún amigo o familiar me ha mirado fijamente y me ha dicho: “Tú eres psicólogo, tú sabes de lo que estoy hablando, ¿verdad?”. Me gustaría poder explicarles que no soy un extraterrestre con súper intuición. Más bien una especie de arquitecto que necesita sentarse a la mesa y dibujar durante horas para resolver un problema estructural, analizar los datos concienzudamente y buscar la explicación más exacta.

   

Laura ha comenzado a hablar sobre su problema. En cada frase repite varias veces las palabras ansiedad y depresión. Una vez que se pone en marcha el proceso me voy sintiendo más tranquilo. Entro en ese túnel de fluidez que experimenta todo aquél que ha obtenido experiencia en su trabajo y ha encontrado una rutina adecuada, un hábito. Me pasa en el trabajo, cuando salgo a correr, cuando friego los platos, cuando leo una novela. Concentración, método, práctica, hábito…

   

Entiendo lo que Laura está diciendo. Está dentro de mi castillo de conocimiento. Puedo ayudarla. Podemos trabajar en ello. En ese momento la sensación se convierte en responsabilidad. Hay que tener cuidado con esta palabra. Durante mi segundo año de carrera tuve la inmensa suerte de asistir como observador a sesiones de psicología en un gabinete de Coslada. Aparte del valiosísimo aprendizaje que obtuve, hay tres cosas que recuerdo perfectamente:

En primer lugar, mi entrevista con la directora del centro. En aquella conversación me hizo comprender lo que significaba de verdad dedicarse a la psicología clínica. El tremendo valor de nuestra profesión para la sociedad. Me explicó también por qué hacíamos psicología y no psiquiatría (este tema se merece un relato para él solo).

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En segundo lugar, el recuerdo de aquél despacho. Al contrario de lo que se pueda pensar, el ambiente antes y después de cada sesión transmite tranquilidad. Armonía. Como si allí se hubiera librado una dura batalla, de la cuál queda finalmente un aire de orgullo y trabajo bien hecho. Recuerdo estar allí sentado, mirar a través de las cortinas hacia el exterior y pensar que sería genial dedicarse a la Psicología cuando fuese mayor.

Y por último, las conversaciones con Beatriz, la psicóloga con la que asistía de observador a aquellas sesiones. Beatriz me dejaba tomar nota, revisar las suyas, y hacerle cualquier pregunta. Como psicóloga era excepcional. Acertaba con sus cuestiones y dirigía la sesión por el camino más adecuado para cumplir con los objetivos. Lo hacía de manera firme y sin que te dieras cuenta. Pero además era una estupenda profesora. Les deseo a todos los alumnos la suerte que tuve yo de vivir aquella experiencia.

En una de las primeras conversaciones que tuvimos, Beatriz, al ver mi ímpetu por tratar de buscar rápida y obsesivamente la solución al problema de una persona, me dijo algo que no olvidaré jamás: “Debes tener siempre en cuenta algo muy importante: los psicólogos somos una parte más en la recuperación de una persona. Una parte más. Uno de los factores. No el único ni el más importante. No tenemos toda la responsabilidad en ninguno de los casos, ni cuando la persona fracase, ni tampoco cuando tenga éxito. Debemos trabajar de forma humilde y profesional, pero no como salvadores de nadie”. Me dejó chafado. Por aquél entonces, me imaginaba emulando al doctor House en mi futuro despacho. Reflexioné profundamente sobre aquella conversación. Quedó latente en mi memoria. Y comprendí perfectamente lo que quiso decirme el día en el que, acabados mis estudios, tuve que enfrentarme a mi primera sesión en solitario. La realidad.

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Se acaba el tiempo. Laura ha pasado por muchos momentos diferentes durante la sesión. Parece agotada, pero satisfecha. Ha tenido que reflexionar, encontrar palabras adecuadas, tomar decisiones. Ha tenido que mostrar todo aquello que le preocupaba. Dice irse tranquila, contenta y agradecida. A mí me hace sentir agradecido también, por su confianza. Laura se lleva trabajo que hacer. Tendrá que tomar datos, lo más objetivamente posible, sobre sus acciones, sus sentimientos y sus pensamientos. Nos citamos para la siguiente semana. Podremos resolver cualquier duda o urgencia antes de ese día. Nos miramos como si fuéramos a ser compañeros de Equipo. Al menos durante un tiempo. Aunque tengo la sensación de que muchas personas te llevan en su Equipo para siempre. De pequeño jugaba al baloncesto, y mi entrenador solía decirnos: “Un compañero es para toda la vida chicos, para toda la vida”.

 

 

La primera sesión ha terminado.

 

 

 

Diciembre de 2018,

Émora Psicólogos

La Ansiedad del Psicólogo. Relato de una Primera Sesión.
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