El siguiente relato está basado en hechos reales.

 

Toda mi vida siendo el tímido. En el instituto me llamaban “Timi”.

 

Perdonen que no me haya presentado, nunca se me dieron bien las relaciones sociales. Soy Manu, Manuel Ramírez. Tengo 29 años, y hace dos meses que comencé a trabajar con un Psicólogo en mi localidad, Coslada, por un problema que ahora mismo he tenido que hacer un esfuerzo por recordar. Tan lejos ha quedado…

 

Pero quiero intentarlo. Quiero contarles cómo fui consciente, en la tercera sesión con mi Psicólogo, de que había estado toda mi juventud – y quizá toda mi infancia – asumiendo un papel en esta obra de teatro que es la vida que otros me habían asignado.

 

Yo nunca elegí este papel. Esta interpretación.

 

Ni siquiera me había planteado que pudiera hacer mío el guion, adaptarlo a mi carácter, porque mi carácter era ese papel.

 

Era el chico tímido. Muy tímido. Esto significaba que, a grandes rasgos, no hablaba con la gente. Si hablaba lo hacía muy bajito, y porque no me quedaba más remedio.

 

Estudié informática porque un profesor me lo recomendó. Ahora trabajo en una empresa que repara ordenadores en otras empresas. Y ahí vino el problema. Bueno, más que un problema, ahora lo considero una bendición.

 

Reparaba los ordenadores que me traían otros compañeros. En mi oficina. Yo solito. Me apañaba muy bien. Pero un día llegó mi jefe y dijo: “la empresa ha cambiado, ahora todos salimos a reparar los ordenadores allá donde estén”. Y después de mi primera visita a un cliente, la experiencia resultó tan horrible que, desde aquel momento, la noche anterior a cada visita no podía dormir. En la visita me ponía tan nervioso que se me secaba la boca y me costaba incluso dar los buenos días.

 

Mi jefe me dijo: “Manuel, esto no es para ti”.

 

Y tenía razón, es que ese no era mi papel. Mi papel es el de un chico que no habla. Tenía que salir de ahí. Pero en mi última visita, el día que iba a renunciar al trabajo, me encontré con María.

 

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María tendría unos 60 años y dirigía el departamento de recursos humanos de una empresa que vendía productos químicos a países asiáticos. María me trajo un poco de agua. Me preguntó si había dormido bien.

 

Me trató sin prisa y con cuidado. Parecía que le importaba una mierda aquel ordenador.

 

Cuando me di cuenta, llevábamos hablando un buen rato.

 

María me contó lo mucho que había sufrido de joven. En un mundo muy agresivo. Me contó que tampoco dormía. Que tenía pesadillas. Que vivió con miedo.

 

- ¿Qué hiciste? ¿Cómo cambió todo?

 

- Muy sencillo, – dijo ella – sólo tuve que aprenderme otro papel. Otro que me gustaba más.

 

- Pero yo soy tímido, soy así.

 

- Te sorprendería lo mucho que puede cambiar una persona motivada para ello, incluso se puede cambiar el carácter.

 

Me reí. No podía creer algo así, lo veía imposible en mi caso.

 

- ¿Cómo cambiaste?

 

- Mira chico, no fue de un día para otro, me llevó un gran esfuerzo. Pero una vez comencé, sentí que estaba en el camino correcto. No quería volver atrás. Me hacía muy feliz pensar en lo que podría conseguir si seguía mejorando.

 

- ¿Me ayudarías a mí? Dije, como un niño pequeño.

 

- No podría. A mí me ayudó un Psicólogo. Ellos son los profesionales de todo lo relativo al aprendizaje. Y si esto te hace sufrir… Puede que no tuvieras que dejar este trabajo. Puede que haya alguna posibilidad de estar bien donde estás. De crecer en este contexto.

 

Esa misma noche, al llegar a casa, me puse a buscar un Psicólogo en Coslada. Elegí uno porque en su página web describían algo parecido a lo que me había dicho María.

 

Todo fue muy rápido. Al menos así lo recuerdo.

 

Primera sesión: motivación total.

 

Medimos muchas cosas. Hechos pasados, sentimientos, pensamientos, consecuencias.

 

Segunda sesión: sentí que algo podía cambiar.

 

Las preguntas eran las correctas. Se abrieron más puertas. Expliqué situaciones corrientes, del trabajo. Me preguntó por detalles que estaban ahí pero a los que yo no le había dado importancia. Un orden en el que no había pensado. Quizá no haya nada establecido. Quizá tampoco haya casualidades, sino tubos en los que nos metemos sin querer y que nos llevan vete tú a saber dónde.

 

Pero esos tubos se pueden romper, o eso parece. Y fuera no pasa nada, absolutamente nada.

 

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Tercera sesión: me explicó el análisis de mi caso.

 

El “Timi” se rompe en mil pedazos, y cada uno de esos trozos se aleja tan rápido de mí que no puedo describir el alivio tan profundo, la alegría, la liberación.

 

Cuarta sesión: comienza a entrenar el nuevo Manuel.

 

El que yo quiero ser.

 

 

 

Marzo 2019

Émora Psicólogos en Coslada para Jóvenes, Adultos y Familias

Avenida de la Constitución, 85, Portal 6, 1º-1

28823, Coslada, Madrid

Teléfono: 91 495 62 82

 

 

Fui al Psicólogo y me quitaron la Etiqueta
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